El
cascarudo y los sombreros
Por
un camino verde de yuyos bajos y matas de jarilla venía el cascarudo.
De
un palito que apoyaba en su hombro colgaban montones de sombreros.
Caminaba
dos pasos adelante y tres para el costado, caracoleando por el peso de su
carga.
_
¡A los sombreros con ala y cinta! ¡Sombreros de junco y rama de sauce para el
paseo, para la fiesta! Hay sombreros, ¡Qué sombreros! Barato vendo, ¡Señora,
venga y vea! Recibo menta, algarroba madura, pétalos de alhelí.
Con
paso bailado de vendedor ambulante pasaba el cascarudo. Su pregón aprovechaba
los vaivenes del viento y llegaba hasta la entrada de los hormigueros, hasta
las ramas altas donde se reúnen las arañas, hasta las zonas húmedas y oscuras
donde se reúnen los caracoles.
La
lagartija madre se asomaba cautelosa y lo miraba pasar. Pero sus lagartijas
corrían junto al vendedor, lo rodeaban y lo envolvían en preguntas. Que de qué
colores, que cómo se usan, que para qué sirven.
El
cascarudo les respondía pero sin detenerse, porque las lagartijas no les
compran sombreros a sus hijas. Pinceles sí, para pintar la cara escondida de
las piedras; abanicos sí, para ayudar al viento del verano; pero nunca
sombreros.
_
¡Con flor de alfalfa para soñar! ¡Con pluma de gaviota para viajar! _ seguía
ofreciendo el cascarudo.
El
palito de tamarisco se curvaba con el peso de los sombreros que se columpiaban
al ritmo de su paso. Paso lento y bochinchero de vendedor.
El
cascarudo conocía muy bien ese camino que estaba recorriendo. Era un pasadizo
desde donde se veía el río estirándose allá abajo. Después de un corredor de
piedra comenzaba el bosque de neneos, donde duermen las mariposas nocturnas.
Ése
era un bosque que él había visto crecer y que daba a un claro donde había una
caída de agua. El cascarudo aprovechó el paisaje, descargó los sombreros y se
tiró a descansar. Se sentía tan cómodo como si estuviera en el patio de su
casa. El agua lo adormecía y el aire lo aliviaba con su ala fresquita. Estiró
las patas una por una, se aflojó las antenas y se fue quedando dormido.
Entonces,
detrás de una piedra, algo comenzó a acercarse. Se movía en silencio; era algo
oscuro y con patas que se ocultaba bajo una hoja de álamo. Frip, frip, frip,
hacían sus pasos caminando de costado. El cascarudo seguía dormido. La hoja se
fue acercando, frip, frip, y se quedó quieta junto al vendedor.
De
pronto, el viento hizo volar la hoja y ahí estaba él, el cangrejo, que ahora,
inmóvil, miraba al cascarudo y a los sombreros.
_
¡Qué hermosos sombreros me he encontrado! _ murmuró con mala intención. Los fue
levantando despacito, uno por uno, y después se fue, haciéndose el distraído.
Poco
después, una lagartija que estaba tomando sol lo vio pasar maravillada.
_
¿Qué piensa hacer con tantos sombreros, Don Cangrejo? _ le preguntó.
_
¿Tantos? No son tantos _ le respondió _. Apenas uno o dos para cada día. Y
siguió yéndose, casi tapado por los sombreros.
Cuando
el pobre cascarudo despertó, comenzó el griterío. La noticia corrió de boca en
boca y de antena en antena.
_
¡Han robado los sombreros del cascarudo! ¡Los han robado! ¡Busquen al ladrón!
_
¡Ohé, ohé, yo lo alcanzaré! _ dijo decidida la liebre que no sabía hacia dónde
correr, pero sin embargo corría.
_
¡Peces, oigan peces! _ gritó la rana _. ¡Han robado los sombreros del
cascarudo! ¿No los vieron por ahí?
_
No los hemos visto. Pero buscaremos. ¡Buscaremos! _ le contestaron.
Justo
en ese momento, en medio del barullo se abrió paso la lagartija y detrás de
ella, sus hermanas.
Pudo
haber sido el cangrejo _ dijo agitada y temerosa _. Yo lo vi pasar con los
sombreros.
Fue
entonces cuando comenzó la búsqueda en las orillas del agua. Piedra por piedra
buscaron; recorrieron escondites y hormigueros; pero nada.
La
langosta tuvo una idea y llamó a sus amigos para compartirla. Era una buena idea.
La langosta fue la primera en ponerla en práctica:
_
¡Qué calor, qué calor! ¿Quién me vende un sombrero para viajar mejor? _ saltó
gritando.
_
¡Quiero comprar un sombrero con puntillas para pasear por estas orillas! _
vociferó la lagartija.
_
¿Quién me vende un parasol? _ canturreaba el caracol.
Pero
el cangrejo, oculto entre unas piedras, pensó que eran muchos bichos para un
cangrejo solito. Entonces dejó caer al agua, uno a uno, los sombreros robados.
Parecían barcazas de colores que se iba llevando el río.
_
¡Mis sombreros, salven mis sombreros! _ gritó desesperado el cascarudo.
Las
arañas de agua, que ya los habían visto venir, tejieron una red, y en la red se
enredaron los sombreros.
_
¡Aquí están! _ suspiró la lagartija y ayudó a sacarlos del agua. El vendedor
aprovechó para darle un beso de muchas gracias y después volvió a colgar su
mercadería en las espinas del palito.
_
¡Gracias a todos! _ dijo, y partió con su paso acompasado. _ ¡A los sombreros
con ala y cinta! ¡Elegantes y con flor!
Pero
mientras se iba escuchó un trotecito detrás de él. Era la lagartija que se
tocaba la cabeza y decía:
_
¡Qué calor, don Cascarudo! ¡Qué calor!
El
vendedor acercó los sombreros a los ojos chispeantes.
_
¿Cuál te gusta? _ le preguntó con una sonrisa.
_
¡No, señor Cascarudo, faltaba más! _ dijo la lagartija madre con un poquito de
vergüenza, tironeando a su hija de la cola.
Pero
el cascarudo puso un sombrero sobre la cabeza de la pequeña y sacó de otro una
flor, para la madre. Besó la flor, hizo una reverencia para entregársela, y se
fue. Caminaba cinco pasos y se daba una vuelta para mirar a la lagartija que lo
saludaba abrazada a su flor.
_
¡Con flores de malvón para la ilusión! ¡Con flores de romero porque te quiero!
_ iba gritando el cascarudo.
●
Responder…
1)
¿Qué vendía el cascarudo?
2)
¿Qué le preguntaban las lagartijas al cascarudo?
3)
¿Qué pasó con los sombreros cuando el cascarudo se quedó dormido?
4)
¿Qué animales estaban buscando los sombreros?
5)
¿Qué hizo el cangrejo para que no lo culpen de robarse los
sombreros?
6)
¿Qué le regaló el cascarudo a la lagartija madre?
● Pintar en la sopa de letras cinco personajes del cuento.
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