jueves, 18 de septiembre de 2014

Unidades de tiempo

Unidades de tiempo


     La Ciudad de Buenos Aires tiene seis líneas de subtes y un premetro. Para saber la duración del viaje entre las estaciones cabeceras de cada línea (en segundos) completar el siguiente cuadro.

Línea de subte
o premetro
Duración del viaje entre
estaciones cabeceras
en minutos
Duración del viaje entre
estaciones cabeceras
en segundos
A
28 min
            seg
B
25 min
            seg
C
37 min
           seg
D
34 min
                     seg
E
46 min
           seg
H
43 min
           seg
Premetro
51 min
           seg


miércoles, 13 de agosto de 2014

Mentiras en la cordillera


Mentiras en la cordillera

     _ Los diaguitas son indios que vuelan _ decía Pablito Godoy. Y todos sus amigos se reían.
     _ Los cóndores caen en picada porque hacen huecos en la tierra. Una vez que hacen un hueco, buscan cuevas de topos. A los cóndores les encanta comer topos _ decía Pablito Godoy. Y algunos chicos se reían y otros se quedaban pensando.
     _ Si uno prende un fósforo al pie de la cordillera nevada, llega un momento en el que se derrite todo el hielo, hasta el de las altas cumbres _ decía Pablito Godoy.
     Y algunos amiguitos se revolcaban por el piso de risa y otros, cuando nadie los veía, se iban hasta el pie de la cordillera y trataban de derretir el hielo de las montañas. Y claro, lo único que conseguían era gastar fósforos y morirse de frío.
     Es que Pablo Godoy decía muchas cosas. Se la pasaba hablando en el campamento de El Plumerillo. Allí había ido a parar desde San Luis con sus padres y sus dos hermanos (él decía que eran noventa y cuatro y daba los nombres de cada uno). El papá era herrero y el general San Martín,
que estaba armando su ejército en Mendoza, había dado la orden de reclutar a la mayor cantidad posible de herreros de la región para fabricar armas. Y su hijo Pablo, que desde chico se quedaba como hipnotizado por el fuego de la fragua donde su papá fundía el hierro, le había salido muy fantasioso.
     _ Mi papá _ decía Pablo Godoy _ hace caballos de hierro.
     _ Pero no cabalgan, son como estatuas _ le respondieron una vez.
     Pablo se hipnotizó cuatro segundos como si mirara una llama y contestó:
     _ Sí que cabalgan. Porque mi papá también hace ruedas y se las pone en las patas. Así que uno les da el primer empujón y después cabalgan todo lo que quieren.
     A Pablo Godoy se le podía creer o no. Pero lo que no se podía era no hacerse amigo de él o dejarlo sin la última palabra. Siempre inventaba una respuesta para todo. Por eso se hizo tan conocido en El Plumerillo. Para algunos era un chico muy divertido. Otros decían que tenía una gran imaginación. Pero otros opinaban que era un tremendo mentiroso. Y eso, claro, preocupaba muchísimo a sus padres. Que no eran conocidos como Gregorio y Laureana sino como los padres de
“Pablo el inteligente”, “Pablo el charlatán”, “Pablo el pícaro” o “Pablo el mentiroso”, según quien  hablara de él.
     Las ocurrencias de Pablo se contaban en las mesas del campamento y en los fogones. Y un día llegaron a oídos del propio San Martín, quien le dijo a uno de sus lugartenientes:
     _Quiero conocer a ese mocito. Y también a los padres de ese mocito.
     ¡Para qué! ¡El susto que se pegaron los Godoy cuando el lugarteniente llegó a su casa con la citación para los tres! ¡Con la fama de severo que tenía San Martín! Así que trataron de que nadie se enterara y el día indicado fueron a presentarse ante el general.
     Los padres pensaban que hasta podían ser echados del campamento. Pablo, en cambio, fue lo más tranquilo: creía que lo iban a poner al frente de un batallón.
     San Martín y los Godoy tuvieron una larguísima charla. Pablo y sus padres salieron contentísimos de la carpa del general. Los padres miraban al hijo con orgullo, le tocaban la cabeza y celebraban sus ocurrencias:
     _ Les voy a decir que al general San Martín no le obedece nadie. Y les voy a decir que los soldados desertan porque tienen miedo de pelear con los españoles. Y les voy a decir que yo me escapo del campamento para jugar con ellos porque acá ya no hay casi nadie y me aburro. Y les voy a decir que el Ejército de los Andes casi no tiene armas de fuego sino palos y piedras. Y les voy a decir que muchos se niegan a cruzar la cordillera, pero que San Martín es un testarudo y que igual la va a cruzar por el sur con los pocos que lo van a acompañar. Y les voy a decir que mi propio papá, que es herrero, hizo unos cañones que le salieron tan, pero tan mal que las balas se dispararon para atrás y nuestros únicos artilleros quedaron todos patas para arriba.
     A partir del día siguiente Pablo comenzó a salir en el lomo de una mula antes de que aclarara y a volver muy tarde de noche. Se pasaba el día jugando y contándoles mentiras a sus nuevos amigos, los indiecitos pehuenches. Sus padres, los pehuenches grandes, por ese entonces ayudaban a los españoles que gobernaban Chile y que los tenían aterrorizados.
     Así que cuando San Martín cruzó la cordillera con un montón de soldados (¡cinco mil cuatrocientos!), un montón de fusiles, un montón de pistolones y un montón de cañones, los españoles estaban de lo más tranquilos bostezando recostados en la cuesta de Chacabuco. Estaban confiados porque la cuesta de Chacabuco quedaba en el norte y no en el sur por donde creían que iba a atacar San Martín. Y es que eso es lo que les había contado Pablo a los pehuenchitos, los pehuenchitos a los pehuenches y los pehuenches a los españoles.
     No podían creer que se les viniera encima semejante ejército. ¡Si les habían dicho que San Martín iba a atacar con palos, piedras y con unos pocos soldados!
     En el campamento de El Plumerillo hubo festejos cuando llegó la noticia de la victoria de Chacabuco. A pesar de los ruegos, a Pablito Godoy no lo habían dejado cruzar la cordillera. Pero todos se acercaron a su fogón para escuchar las historias que contaba con los ojos fijos en la llama:
     _ De un solo sablazo me ensarté a cuatros realistas que venían corriendo en fila. ¿Se creían que se iban a escapar de nuestro ataque sorpresa? ¡Jamás! Eso sí. ¡El sable me quedó como una brochette!
Vicente Muleiro


      _ Responder…                                     

1)     ¿Cuáles eran algunas de las mentiras de Pablito Godoy?


2)     ¿De qué trabajaba el papá de Pablito Godoy?


3)     ¿Quién quería conocer a Pablito Godoy?


4)     ¿A qué tribu india les contó mentiras Pablito Godoy?


5)     ¿Por qué se sorprendieron los españoles sobre el ejército de San Martín?


_ Indicar si las siguientes afirmaciones son verdaderas (v) o falsas (f).

     ☻El campamento de El Plumerillo quedaba en la provincia de San Juan.

                                     v (   )                                      f (   )       
          
     ☻Los indios pehuenches ayudaban a  los españoles que gobernaban Chile.

                                     v (   )                                      f (   )

     ☻El ejército de San Martín obtuvo una derrota en la batalla de Chacabuco.

                                     v (   )                                      f (   )





martes, 15 de julio de 2014

El cascarudo y los sombreros


El cascarudo y los sombreros
     Por un camino verde de yuyos bajos y matas de jarilla venía el cascarudo.
     De un palito que apoyaba en su hombro colgaban montones de sombreros.
     Caminaba dos pasos adelante y tres para el costado, caracoleando por el peso de su carga.
     _ ¡A los sombreros con ala y cinta! ¡Sombreros de junco y rama de sauce para el paseo, para la fiesta! Hay sombreros, ¡Qué sombreros! Barato vendo, ¡Señora, venga y vea! Recibo menta, algarroba madura, pétalos de alhelí.
     Con paso bailado de vendedor ambulante pasaba el cascarudo. Su pregón aprovechaba los vaivenes del viento y llegaba hasta la entrada de los hormigueros, hasta las ramas altas donde se reúnen las arañas, hasta las zonas húmedas y oscuras donde se reúnen los caracoles.
     La lagartija madre se asomaba cautelosa y lo miraba pasar. Pero sus lagartijas corrían junto al vendedor, lo rodeaban y lo envolvían en preguntas. Que de qué colores, que cómo se usan, que para qué sirven.
     El cascarudo les respondía pero sin detenerse, porque las lagartijas no les compran sombreros a sus hijas. Pinceles sí, para pintar la cara escondida de las piedras; abanicos sí, para ayudar al viento del verano; pero nunca sombreros.
     _ ¡Con flor de alfalfa para soñar! ¡Con pluma de gaviota para viajar! _ seguía ofreciendo el cascarudo.
     El palito de tamarisco se curvaba con el peso de los sombreros que se columpiaban al ritmo de su paso. Paso lento y bochinchero de vendedor.
     El cascarudo conocía muy bien ese camino que estaba recorriendo. Era un pasadizo desde donde se veía el río estirándose allá abajo. Después de un corredor de piedra comenzaba el bosque de neneos, donde duermen las mariposas nocturnas.
     Ése era un bosque que él había visto crecer y que daba a un claro donde había una caída de agua. El cascarudo aprovechó el paisaje, descargó los sombreros y se tiró a descansar. Se sentía tan cómodo como si estuviera en el patio de su casa. El agua lo adormecía y el aire lo aliviaba con su ala fresquita. Estiró las patas una por una, se aflojó las antenas y se fue quedando dormido.
     Entonces, detrás de una piedra, algo comenzó a acercarse. Se movía en silencio; era algo oscuro y con patas que se ocultaba bajo una hoja de álamo. Frip, frip, frip, hacían sus pasos caminando de costado. El cascarudo seguía dormido. La hoja se fue acercando, frip, frip, y se quedó quieta junto al vendedor.
     De pronto, el viento hizo volar la hoja y ahí estaba él, el cangrejo, que ahora, inmóvil, miraba al cascarudo y a los sombreros.
     _ ¡Qué hermosos sombreros me he encontrado! _ murmuró con mala intención. Los fue levantando despacito, uno por uno, y después se fue, haciéndose el distraído.
     Poco después, una lagartija que estaba tomando sol lo vio pasar maravillada.
     _ ¿Qué piensa hacer con tantos sombreros, Don Cangrejo? _ le preguntó.
     _ ¿Tantos? No son tantos _ le respondió _. Apenas uno o dos para cada día. Y siguió yéndose, casi tapado por los sombreros.
     Cuando el pobre cascarudo despertó, comenzó el griterío. La noticia corrió de boca en boca y de antena en antena.
     _ ¡Han robado los sombreros del cascarudo! ¡Los han robado! ¡Busquen al ladrón!
     _ ¡Ohé, ohé, yo lo alcanzaré! _ dijo decidida la liebre que no sabía hacia dónde correr, pero sin embargo corría.
     _ ¡Peces, oigan peces! _ gritó la rana _. ¡Han robado los sombreros del cascarudo! ¿No los vieron por ahí?
     _ No los hemos visto. Pero buscaremos. ¡Buscaremos! _ le contestaron.
     Justo en ese momento, en medio del barullo se abrió paso la lagartija y detrás de ella, sus hermanas.
     Pudo haber sido el cangrejo _ dijo agitada y temerosa _. Yo lo vi pasar con los sombreros.
     Fue entonces cuando comenzó la búsqueda en las orillas del agua. Piedra por piedra buscaron; recorrieron escondites y hormigueros; pero nada.
     La langosta tuvo una idea y llamó a sus amigos para compartirla. Era una buena idea. La langosta fue la primera en ponerla en práctica:
     _ ¡Qué calor, qué calor! ¿Quién me vende un sombrero para viajar mejor? _ saltó gritando.
     _ ¡Quiero comprar un sombrero con puntillas para pasear por estas orillas! _ vociferó la lagartija.
     _ ¿Quién me vende un parasol? _ canturreaba el caracol.
     Pero el cangrejo, oculto entre unas piedras, pensó que eran muchos bichos para un cangrejo solito. Entonces dejó caer al agua, uno a uno, los sombreros robados. Parecían barcazas de colores que se iba llevando el río.
     _ ¡Mis sombreros, salven mis sombreros! _ gritó desesperado el cascarudo.
     Las arañas de agua, que ya los habían visto venir, tejieron una red, y en la red se enredaron los sombreros.
     _ ¡Aquí están! _ suspiró la lagartija y ayudó a sacarlos del agua. El vendedor aprovechó para darle un beso de muchas gracias y después volvió a colgar su mercadería en las espinas del palito.
     _ ¡Gracias a todos! _ dijo, y partió con su paso acompasado. _ ¡A los sombreros con ala y cinta! ¡Elegantes y con flor!
     Pero mientras se iba escuchó un trotecito detrás de él. Era la lagartija que se tocaba la cabeza y decía:
     _ ¡Qué calor, don Cascarudo! ¡Qué calor!
     El vendedor acercó los sombreros a los ojos chispeantes.
     _ ¿Cuál te gusta? _ le preguntó con una sonrisa.
     _ ¡No, señor Cascarudo, faltaba más! _ dijo la lagartija madre con un poquito de vergüenza, tironeando a su hija de la cola.
     Pero el cascarudo puso un sombrero sobre la cabeza de la pequeña y sacó de otro una flor, para la madre. Besó la flor, hizo una reverencia para entregársela, y se fue. Caminaba cinco pasos y se daba una vuelta para mirar a la lagartija que lo saludaba abrazada a su flor.
     _ ¡Con flores de malvón para la ilusión! ¡Con flores de romero porque te quiero! _ iba gritando el cascarudo.



● Responder…

1)     ¿Qué vendía el cascarudo?


2)     ¿Qué le preguntaban las lagartijas al cascarudo?


3)     ¿Qué pasó con los sombreros cuando el cascarudo se quedó dormido?


4)     ¿Qué animales estaban buscando los sombreros?


5)     ¿Qué hizo el cangrejo para que no lo culpen de robarse los sombreros?


6)     ¿Qué le regaló el cascarudo a la lagartija madre?


 Pintar en la sopa de letras cinco personajes del cuento.

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